Los datos de octubre 2025 revelan un patrón económico alarmante: los mexicanos incrementan su gasto en bienes extranjeros mientras la inversión productiva del país se desploma. Esto es un modelo insostenible de crecimiento: la economía mexicana está perdiendo futuro.
Mexconomy | Editorial — La economía mexicana enfrenta una contradicción fatal que los indicadores de octubre de 2025 exponen sin piedad: mientras el consumo privado creció 4.1% anual —impulsado por un salto del 20.6% en compras de bienes importados—, la inversión fija bruta se colapsó 5.8%, con la adquisición de maquinaria y equipo desplomándose 10.3%. Esta divergencia no es una simple anomalía estadística: es el síntoma de una economía que consume su futuro para financiar el presente.
El análisis cruzado de ambos indicadores revela un patrón devastador. Los hogares mexicanos están gastando más, pero ese gasto fluye hacia el exterior en lugar de irrigar la economía doméstica. Peor aún, mientras los consumidores compran productos extranjeros con voracidad inédita, las empresas que podrían producir esos bienes en México han dejado de invertir. México produce cada día menos y los consumidores tiene que importar muchos de los bienes que antes se producían en México. El resultado es un círculo vicioso: sin inversión no hay producción competitiva, sin producción competitiva los consumidores compran importaciones, y sin demanda interna las empresas no ven razón para invertir.
Superficialmente, un crecimiento del consumo privado de 4.1% anual suena alentador. Pero esta cifra esconde una verdad incómoda: solo el 1.2% de ese crecimiento benefició a productores nacionales, mientras que el 20.6% restante se fue en importaciones. Cuando se descompone aún más, el panorama empeora: los bienes duraderos nacionales cayeron 3.2% y los semiduraderos se contrajeron 4.8%, mientras sus equivalentes importados explotaron 25.3% y 30.3% respectivamente.
Esta no es competencia perdida: es resultado de una debacle industrial. Las razones son evidentes cuando observamos el lado de la inversión. La inversión en maquinaria y equipo nacional cayó 11.8% anual, con el equipo de transporte desplomándose 17.1%. Sin inversión en modernización, las empresas mexicanas no pueden competir en precio, calidad o innovación con productos importados. El resultado es previsible: los consumidores eligen lo importado, las empresas pierden mercado, y la falta de ventas justifica no invertir.
El Estado espectador irrelevante
Si el sector privado ha claudicado en la inversión productiva, el sector público directamente ha desaparecido del mapa. La inversión pública total se hundió 19.8% en octubre, acumulando 20.2% de caída en el año. La construcción pública —infraestructura, carreteras, puertos, hospitales, escuelas— colapsó 32.3%. Este abandono gubernamental de la inversión es criminal en sus implicaciones: sin infraestructura pública, la productividad privada no puede mejorar; sin productividad, las empresas no son competitivas; sin competitividad, las importaciones dominan.
El contraste es brutal: el gobierno ha renunciado a invertir en el aparato productivo del país precisamente cuando más se necesita. Mientras los hogares gastan 113.5 puntos del índice de consumo, la inversión total apenas alcanza 102.2 puntos, apenas por encima del nivel de 2018. Más revelador aún: la inversión ha caído sistemáticamente desde 111.5 puntos hace dos años, una destrucción de capital productivo equivalente a retroceder casi una década.
Existe un solo componente de inversión con crecimiento positivo: la construcción residencial (privada), que subió 11.8% anual. Pero esta cifra, lejos de ser alentadora, es la confirmación definitiva del problema estructural. Los mexicanos están invirtiendo en casas —activos que no generan producción ni exportaciones— mientras abandonan la inversión en plantas industriales, maquinaria y tecnología. Es la inversión del rentista, no del empresario; del especulador inmobiliario, no del industrializador.
La construcción no residencial —plantas, fábricas, centros de producción— cayó 12.6%, exactamente la contracara del auge residencial. México está construyendo casas para vivir consumiendo productos importados, no fábricas para producir bienes que exportar o sustituir importaciones. Es el modelo perfecto de una economía en declive y terminal: consumo presente financiado con endeudamiento futuro, sin crear capacidad productiva que permita pagar esas deudas.
Las matemáticas del desastre
Los números no mienten y sus implicaciones son aterradoras. Si los bienes importados crecen 20.6% anual y representan cada vez más del consumo total, mientras la inversión productiva cae 10.3%, la brecha comercial se ampliará inexorablemente. Cada punto de crecimiento del consumo importado requiere dólares que México debe obtener de exportaciones o inversión extranjera. Pero sin inversión en capacidad productiva, las exportaciones no pueden crecer. Y sin un entorno de inversión dinámica, el capital extranjero no llega.
El acumulado enero-octubre lo confirma: la inversión total cayó 7.4%, la más severa contracción en años, mientras el consumo privado apenas creció 0.5%. Incluso este magro crecimiento del consumo fue insuficiente para compensar el colapso inversor. La economía mexicana está entrando en una fase de desinversión neta: destruyendo más capital del que crea, consumiendo más de lo que produce, importando más de lo que exporta.
El costo de la ceguera económica
Esta divergencia entre consumo e inversión tiene consecuencias inevitables. A corto plazo, el crecimiento del consumo —incluso si es de importaciones— genera una ilusión de prosperidad que puede traducirse en popularidad gubernamental. Los hogares sienten que tienen poder adquisitivo, pueden comprar más productos, acceder a bienes que antes no podían costear. Políticamente, esto es oro.
Pero económicamente es veneno. Cada televisor importado, cada smartphone extranjero, cada electrodoméstico foráneo que un hogar mexicano compra es un empleo que no se crea en México, una fábrica que no se construye, un trabajador que no se capacita, un ingeniero que no se contrata. Y cuando el día inevitable llegue —cuando el peso se tambalee por el déficit comercial insostenible, cuando las tasas de interés suban aún más para atraer capital, cuando el crecimiento se estanque por falta de capacidad productiva— el costo político será infinitamente mayor que cualquier beneficio de corto plazo.
México no está en una recesión cíclica superable con política monetaria o fiscal contracíclica. Está en una trampa que requiere cambios radicales. El modelo de consumo importado financiado con remesas, turismo y exportaciones de commodities ha llegado a su límite. Sin una reindustrialización deliberada, sin inversión pública masiva en infraestructura, sin política industrial que proteja y desarrolle sectores estratégicos, la tendencia actual es irreversible.
Los datos de octubre son una especie de ultimátum: o México invierte agresivamente en reconstruir su aparato productivo, o acepta convertirse permanentemente en una economía de bajo valor agregado cuya clase media consume productos diseñados, fabricados y vendidos desde el exterior. La ventana para revertir esta dinámica se cierra rápidamente. Cada mes de caída en inversión productiva es capacidad que nunca se recuperará, talento que migrará, oportunidades que se perderán para siempre.
La pregunta no es si México puede permitirse una gran inversión pública y privada en reconstrucción industrial. La pregunta es si puede permitirse no hacerla. Los números de octubre responden con claridad: el costo de la inacción es la irrelevancia económica permanente.
Nota al lector: la gráfica interactiva está optimizada para su correcta lectura y exploración en pantallas de mayor tamaño (computadora o tableta). En dispositivos móviles, algunos detalles de ejes, etiquetas o series pueden visualizarse de forma limitada.
Fuente: INEGI. Sistema de Cuentas Nacionales de México. Indicador Mensual del Consumo Privado (IMCP) e Indicador Mensual de la Formación Bruta de Capital Fijo (IMFBCF), 2026.

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