Las mujeres en México enfrentan una brecha laboral de casi 30 puntos porcentuales frente a los hombres. Entre las 24.3 millones de mujeres ocupadas, el 55.9 % trabaja en la informalidad y el 46.7 % percibe apenas un salario mínimo o menos.
Mexconomy — Cada 8 de marzo, los discursos institucionales prometen avance. Los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) miden otra cosa. La Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del tercer trimestre de 2025 retrata un mercado laboral donde las mujeres participan menos, ganan menos, trabajan más en condiciones precarias y tienen una mayor necesidad de empleo que los hombres. De los 103.1 millones de personas de 15 años y más en el país, el 53.1 % son mujeres, pero su presencia en la economía formal sigue siendo notablemente menor.
La tasa de participación económica femenina se ubicó en 45.7 %, frente al 75.1 % de los hombres: una brecha de 29.4 puntos porcentuales que no es nueva ni accidental. Refleja la carga del trabajo no remunerado, la falta de servicios de cuidado y las barreras que enfrentan las mujeres para incorporarse o mantenerse en el mercado laboral. Las entidades con mayor participación femenina fueron Colima (56.6 %), Baja California Sur (55.8 %) y Ciudad de México (54.8 %); las menores, Chiapas (32.5 %), Veracruz (36.3 %) y Zacatecas (40.7 %), geografías que concentran además altos índices de pobreza y rezago social.
Entre las 24.3 millones de mujeres ocupadas, el 55.9 % lo hace en condiciones de informalidad laboral. El 9.4 % trabaja sin remuneración —más del doble que los hombres, en ese rubro— y apenas el 3.5 % es empleadora, contra el 6.7 % masculino. En cuanto al ingreso, el 46.7 % de las mujeres ocupadas percibe hasta un salario mínimo, y el 5.6 % no recibe ingreso alguno; en los hombres esas cifras son 34.0 y 4.8 %, respectivamente. La desigualdad salarial no es una percepción: es una proporción medible que el INEGI documenta año con año sin que la tendencia se revierta con la velocidad que los discursos oficiales sugieren.
La brecha laboral —indicador que suma a personas desocupadas, subocupadas y disponibles para trabajar— alcanzó el 20.8 % entre las mujeres, frente al 14.3 % entre los hombres. El 12.1 % de las mujeres estaba disponible para trabajar sin buscarlo activamente, señal de desaliento o de imposibilidad práctica para incorporarse al mercado. En un dato que también merece atención, la subocupación fue mayor entre mujeres con estudios de nivel medio superior y superior (39.7 %) que entre hombres con el mismo perfil educativo (36.8 %): tener más educación no garantiza a las mujeres mejores condiciones laborales.
Los números del INEGI no son un telón de fondo del 8M: son su argumento más sólido. Mientras colectivas marchan en Puebla, Tlaxcala y Tehuacán exigiendo justicia, seguridad y fin a la violencia, la ENOE 2025 documenta la dimensión económica de la misma desigualdad que empuja a las mujeres a las calles. La violencia y la precariedad laboral no son fenómenos paralelos: comparten raíces en una organización social que sigue distribuyendo de manera profundamente inequitativa el trabajo, el ingreso y el reconocimiento.

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