Los especialistas privados elevaron de 21.5% a 28.2% la probabilidad de una caída trimestral del PIB mexicano durante el tercer trimestre de 2026. La industria permanece estancada, la inversión privada acumula una contracción de 1.9% y las exportaciones automotrices cayeron 9.7% en julio.

Mexconomy — El crecimiento de la economía mexicana durante el segundo trimestre —1.5% trimestral y 2.1% anual— ofreció una señal positiva, pero no ha conseguido disipar las dudas sobre la segunda mitad de 2026. Por el contrario, los especialistas del sector privado comienzan a elevar su percepción de riesgo.

La Encuesta sobre las Expectativas de los Especialistas en Economía del Sector Privado, correspondiente a julio y publicada por el Banco de México, elevó de 21.5% en junio a 28.2% la probabilidad de una caída trimestral del PIB real desestacionalizado durante julio-septiembre. Para el cuarto trimestre pasó de 20.7% a 22.6%, mientras que para el primer trimestre de 2027 llegó a 29.4%.

Estos porcentajes no significan que México se encuentre en recesión ni que una contracción esté prevista como escenario central. Sí muestran, sin embargo, que el margen de seguridad del crecimiento se ha reducido. Si se produjeran dos trimestres consecutivos de caída, el país entraría en una recesión técnica; por ahora, lo que existe es un aumento de la probabilidad de ese escenario.

La primera señal de alerta está en la actividad industrial. El Indicador Mensual de la Actividad Industrial (IMAI) avanzó apenas 0.8% anual en junio, pero el acumulado enero-junio permaneció en 0.0%. Dentro del indicador, las manufacturas registraron una caída mensual de 0.6% y anual de 1.2%, con un acumulado de -1.1%.

La construcción ofrece un contraste. Creció 3.0% mensual y 4.2% anual, pero buena parte de ese dinamismo está relacionado con la inversión pública. La construcción residencial, en cambio, retrocedió 4.7% anual en mayo. El contraste revela una economía en la que el gasto público sostiene determinados segmentos mientras la inversión privada pierde fuerza.

El sector automotriz aporta una señal todavía más clara. De acuerdo con el Registro Administrativo de la Industria Automotriz de Vehículos Ligeros (RAIAVL), las exportaciones de vehículos ligeros disminuyeron 9.7% en julio y la producción cayó 2.2%. En el acumulado enero-julio, la producción registra una contracción de 0.7%. Para una economía estrechamente vinculada a las cadenas manufactureras de Estados Unidos, el comportamiento del sector constituye un indicador relevante de la demanda externa y de los riesgos asociados a la revisión del T-MEC.

La inversión privada tampoco acompaña el crecimiento. El Indicador Mensual de la Formación Bruta de Capital Fijo (IMFBCF) reportó una caída anual de 1.3% en mayo y una contracción acumulada de 1.9% entre enero y mayo. La inversión pública, en contraste, aumentó 19.7% anual, pero ese incremento no ha sido suficiente para compensar el menor dinamismo privado.

Los componentes de la inversión muestran además una economía dividida. La maquinaria y equipo de origen nacional disminuyó 7.7% anual, mientras la de origen importado aumentó 8.9%. La construcción no residencial creció 11.8%, pero la residencial retrocedió 5.4%. El costo del financiamiento, la incertidumbre y las expectativas de crecimiento siguen limitando las decisiones de inversión.

El mercado laboral también empieza a perder impulso. La Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) registró en junio una disminución anual de 84 mil personas ocupadas. La informalidad llegó a 55.0% y las condiciones críticas de ocupación alcanzaron 38.5%, su nivel más alto desde 2021. En el sector formal, el Índice Global de Personal Ocupado (IGPOSE) registró en mayo una caída anual de 1.3%.

La previsión de creación de 292 mil empleos formales ante el IMSS durante 2026 representa una mejora respecto de estimaciones anteriores, pero difícilmente constituye un motor suficiente para acelerar el consumo interno. Una economía que genera menos empleos formales también enfrenta mayores dificultades para expandir el crédito y sostener el gasto de los hogares.

A esto se suma una política monetaria que continúa imponiendo restricciones al crédito. La inflación subyacente se ubicó en 3.95% anual en julio y los especialistas esperan que la tasa de fondeo permanezca en 6.50% al cierre de 2026. El rendimiento de los Bonos M a 10 años aumentó a 8.85%, reflejando condiciones financieras de largo plazo todavía exigentes.

El escenario cambiario ofrece cierta estabilidad, con una expectativa de 17.88 pesos por dólar para el cierre del año, pero esa fortaleza podría verse sometida a presión por la volatilidad internacional, las condiciones financieras y la revisión del T-MEC.

La señal más importante, por tanto, no está en un solo indicador, sino en la coincidencia de varios. Industria estancada, inversión privada en retroceso, menor dinamismo laboral y mayor probabilidad de contracción trimestral forman un cuadro que obliga a mirar con cautela el segundo semestre.

México todavía no está en recesión. El dato del segundo trimestre incluso mostró una expansión mayor a la esperada. Pero el problema comienza a aparecer en lo que viene después: la economía necesita mantener el crecimiento mientras enfrenta una inversión privada debilitada, una industria sin tracción suficiente y un entorno externo incierto.

El segundo semestre de 2026 será, por ello, una prueba para la capacidad de la economía mexicana de convertir un repunte puntual del PIB en una recuperación sostenida. Por ahora, los indicadores apuntan en la dirección contraria: el crecimiento continúa, pero el margen para que se mantenga está disminuyendo.

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