El Estado Artificial ya no pertenece a la ciencia ficción: algoritmos, datos e IA comienzan a intervenir en la comunicación, la administración y la política. El desafío es quién controla esas máquinas y cuánto poder estamos dispuestos a delegarles.

Mexconomy — Durante siglos, el Estado fue una institución esencialmente humana: ciudadanos, funcionarios, legisladores, jueces y gobernantes tomaban decisiones mediante procedimientos políticos y jurídicos. La tecnología ayudaba a administrar ese poder. La revolución digital está modificando la relación: cada vez más, las máquinas no sólo ejecutan decisiones del Estado, sino que participan en la forma en que se informa, se persuade, se clasifica y se gobierna a la sociedad.

La historiadora de Harvard Jill Lepore ha dado un nombre a esta transformación: “Estado Artificial”. Su nuevo libro, The Rise and Fall of the Artificial State, publicado en agosto de 2026, sostiene que la automatización de la vida pública no comenzó con ChatGPT ni con la inteligencia artificial generativa. Es el resultado de una historia mucho más larga en la que los datos, las máquinas y los sistemas de cálculo fueron ocupando espacios que antes pertenecían al juicio humano.

Para Lepore, el concepto tiene una doble dimensión. Por un lado, describe una realidad que ya existe: campañas políticas convertidas en sistemas de segmentación y extracción de atención, plataformas privadas que organizan buena parte del discurso público y algoritmos que intervienen cada vez más en la relación entre ciudadanos, empresas y gobiernos. Por otro, representa una aspiración más radical: un mundo en el que la administración de la sociedad termine delegándose en sistemas automatizados.

La palabra clave es automatocracia: gobierno mediante automatización, cálculo, predicción y persuasión. El concepto aparece asociado a la tesis de Lepore sobre la transformación de las democracias liberales en sistemas donde la decisión política puede ser desplazada progresivamente hacia máquinas y estructuras privadas de datos.

El cambio no consiste simplemente en que un algoritmo recomiende a un funcionario qué hacer. Es más profundo. Si una plataforma determina qué información ve una persona, qué publicidad política recibe, qué contenidos se vuelven visibles, qué mensajes son amplificados y qué comportamiento es susceptible de ser predicho, está interviniendo sobre las condiciones mismas en las que se forma la voluntad política.

Ahí aparece una paradoja. Las plataformas digitales son empresas privadas, pero buena parte de la conversación política contemporánea ocurre dentro de ellas. El espacio público, tradicionalmente vinculado con instituciones y reglas democráticas, pasó a depender parcialmente de infraestructuras cuyo objetivo principal es comercializar la atención.

La elección política también está cambiando. Analítica de datos, microsegmentación, bots, contenido sintético, deepfakes y sistemas de inteligencia artificial permiten intervenir sobre electores a una escala que las técnicas tradicionales de propaganda nunca tuvieron. En 2026, la propia Lepore ha advertido que la IA está modificando la vida política mediante guías electorales automatizadas, publicidad dirigida y contenido sintético.

Pero el Estado Artificial tiene raíces anteriores a internet. Lepore retrocede hasta la historia de la automatización, el censo, la estadística y las primeras formas de administración mediante máquinas. La idea fundamental es antigua: si una máquina puede contar, clasificar y calcular mejor que una persona, ¿por qué no dejar que también decida?

El problema es que gobernar no consiste solamente en calcular. Una democracia tiene que decidir qué considera justo, qué derechos son irrenunciables, quién puede ser perjudicado, qué costos son aceptables y qué límites no deben cruzarse. Esas son decisiones políticas, no problemas matemáticos.

La inteligencia artificial introduce una nueva dificultad porque otorga a las máquinas una apariencia de autoridad. Un algoritmo puede presentar una predicción como si fuera conocimiento objetivo. Un sistema puede clasificar millones de personas sin que ninguna de ellas sepa exactamente por qué fue clasificada de determinada manera. Y una recomendación generada por una máquina puede adquirir una autoridad que ningún funcionario individual tendría.

De ahí surge uno de los argumentos centrales de Lepore: el poder puede mantenerse mediante la opacidad. Las máquinas parecen saber aquello que los seres humanos no pueden saber. Su complejidad se convierte en una fuente de legitimidad. Si el algoritmo lo dice, parece que la decisión deja de ser política para convertirse en técnica.

Pero detrás de cada sistema existen personas, empresas, intereses, modelos de negocio y decisiones de diseño. La máquina no elimina el poder humano: puede ocultar quién lo ejerce.

La preocupación alcanza también a la concentración económica. Lepore sostiene que la infraestructura tecnológica que organiza buena parte de la vida pública está cada vez más vinculada con grandes corporaciones y empresarios tecnológicos. Su pregunta resulta incómoda: ¿quién decidió que empresas privadas debían convertirse en la infraestructura de la democracia?

El fenómeno se vuelve todavía más radical cuando se conecta con la visión de algunos sectores de Silicon Valley. Lepore identifica una tradición tecnológica que interpreta determinadas obras de ciencia ficción no como advertencias, sino como instrucciones sobre el futuro. En esa visión aparecen la automatización total, la inteligencia artificial, la colonización espacial, la prolongación artificial de la vida e incluso la posibilidad de abandonar las limitaciones biológicas y planetarias.

El Estado Artificial, por tanto, no significa simplemente “un gobierno manejado por robots”. Es algo más amplio y, precisamente por eso, más inquietante: una sociedad en la que funciones que antes dependían de ciudadanos e instituciones democráticas pasan progresivamente a sistemas tecnológicos controlados por actores que no fueron elegidos para ejercer ese poder.

La pregunta para la próxima década no será únicamente cuánta inteligencia alcanzarán las máquinas. Será cuánto poder estaremos dispuestos a entregarles.

Porque una cosa es utilizar inteligencia artificial para administrar mejor un Estado. Otra, muy diferente, es permitir que la lógica de las máquinas termine determinando qué información recibimos, qué riesgos asumimos, qué decisiones son posibles y qué comportamiento resulta aceptable.

En ese punto, la discusión deja de ser tecnológica y vuelve a ser política.

El futuro del Estado Artificial no depende solamente de lo que las máquinas sean capaces de hacer. Depende de si los ciudadanos conservan la capacidad de decidir qué no deben hacer.

Referencias básicas
  • Jill Lepore, The Rise and Fall of the Artificial State, Liveright/W. W. Norton, 2026.
  • Harvard Faculty of Arts and Sciences, “Jill Lepore on history, dangers of ‘the artificial state’”, 31 de agosto de 2026.
  • Yale University, Tanner Lectures on Human Values: Jill Lepore, The Rise and Fall of the Artificial State, 2026.
  • The New Yorker, trabajos de Jill Lepore sobre el Estado Artificial y la infraestructura digital, 2024-2026.
  • Scientific American, entrevista a Jill Lepore sobre inteligencia artificial, ciencia ficción y Estado Artificial, agosto de 2026.
  • Financial Times, Jill Lepore, “AI vs the people”, agosto de 2026.

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