El sector comercial mexicano mantiene una estructura profundamente desigual que se manifiesta tanto en la concentración de ingresos como en las brechas de género. El comercio electrónico se estanca por rezago tecnológico mexicano.
Mexconomy — Con 49.8% de los ingresos totales por suministro de bienes y servicios concentrados en el Comercio al por mayor, el país enfrenta un modelo comercial que privilegia a los grandes intermediarios sobre el comercio minorista, al tiempo que perpetúa disparidades salariales y laborales que afectan principalmente a las mujeres.
La radiografía del comercio mayorista expone una hiperconcentración preocupante: el subsector de materias primas agropecuarias y forestales para la industria capturó 48.9% de los ingresos totales, seguido por abarrotes, alimentos, bebidas, hielo y tabaco con 25.9%. Estos dos segmentos acumulan casi 75% de los ingresos del mayoreo, mientras que el comercio por intermediación apenas representa 0.2%. Esta polarización indica que la cadena de distribución está dominada por pocos actores que controlan el flujo de productos básicos, con el riesgo de prácticas oligopólicas que encarecen los precios al consumidor final.
En el Comercio al por menor, el panorama no es más alentador. El subsector de vehículos de motor, refacciones, combustibles y lubricantes concentró 30% de los ingresos, evidenciando la dependencia del sector de productos de alto ticket y baja frecuencia de compra. Las tiendas de autoservicio y departamentales ocuparon el segundo lugar, mientras que el comercio electrónico —pese al boom digital— apenas alcanzó 0.8% de participación. Esta cifra revela el rezago tecnológico del comercio mexicano: mientras el e-commerce global crece a dos dígitos anuales, México permanece anclado a modelos físicos tradicionales, con infraestructura digital insuficiente y resistencia cultural al cambio.
La brecha de género
Las cifras de empleo y remuneraciones exponen inequidades alarmantes. En Comercio al por mayor, los hombres representaron 65.6% del personal ocupado contra 34.4% de mujeres, pero la verdadera desigualdad se manifiesta en las remuneraciones: ellos concentraron 65.2% del total pagado, mientras que ellas recibieron apenas 34.8%. En términos absolutos, las mujeres percibieron $151,812 millones de pesos contra $284,368 millones de los hombres, una brecha de $132,556 millones que no se explica únicamente por diferencias de participación laboral.
En Comercio al por menor, donde las mujeres son mayoría con 52.5% del personal ocupado (3.3 millones) frente a 47.5% de hombres (3 millones), la paradoja es aún más evidente: pese a ser más numerosas, ellas recibieron 48% de las remuneraciones totales ($304,661 millones) contra 52% de ellos ($330,275 millones). Esto significa que, en promedio, cada mujer empleada en el comercio minorista gana menos que su contraparte masculina, incluso siendo el sexo predominante en el sector.
El análisis de horas trabajadas refuerza esta inequidad: en el mayoreo de materias primas agropecuarias y en camiones y refacciones, los hombres contribuyeron con más de 70% de las horas laboradas, mientras que las mujeres solo alcanzaron su pico de participación (48.1%) en productos textiles y calzado, sectores tradicionalmente feminizados y de menor remuneración.
La distribución de activos fijos completa el cuadro: en el mayoreo, 27.7% del valor se concentró en bienes inmuebles y 21.2% en maquinaria y equipo de producción, evidenciando inversión en capacidad operativa. En contraste, el minoreo destinó 54.8% a inmuebles —reflejando el modelo de tiendas físicas— pero solo 6.2% a equipo de cómputo, confirmando la debilidad tecnológica. Con 7,970 millones de personas empleadas en el sector comercial, la pregunta urgente es: ¿cuánto tiempo más puede México sostener un modelo que margina a las mujeres, ignora la digitalización y concentra el poder en manos de unos pocos intermediarios?

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