La inflación en México ya alcanza 4.63% en marzo 2026, mientras Hacienda proyecta 3.7% al cierre del año. La subyacente no cede. El poder adquisitivo real que la SHCP no ve se erosiona y Banxico enfrenta un dilema sin salida elegante.
Mexconomy — Los Pre-Criterios Generales de Política Económica 2027 proyectan una inflación de 3.7% al cierre de 2026 y de 3.0% para 2027. El documento, firmado por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, describe un proceso de desinflación ordenado, gradual y convergente hacia el objetivo del Banco de México. Es una narrativa tranquilizadora. Los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), con fecha de consulta del 6 de abril de 2026, narran una historia diferente: la inflación general anual ya se ubica en 4.63% en la primera quincena de marzo de 2026. El pronóstico oficial está roto antes de que termine el primer trimestre del año.
La trayectoria es inequívoca. En la primera quincena de diciembre de 2025, la inflación anual se ubicaba en 3.72%, nivel todavía compatible con el rango proyectado por Hacienda. Pero desde enero el indicador no ha dejado de escalar: 3.77% en la primera quincena de enero, 3.82% en la segunda, 3.92% en la primera quincena de febrero, 4.13% en la segunda y 4.63% en la primera quincena de marzo. En doce semanas, la inflación general subió casi un punto porcentual. La meta de 3.7% para diciembre implicaría que el índice revierta su tendencia, se estabilice y descienda más de 90 puntos base en los próximos nueve meses. Sin un choque desinflacionario claro, ese escenario no tiene sustento empírico.
La inflación subyacente: el problema que no cede
Lo más revelador no es la inflación general sino la inflación subyacente, que mide la presión de fondo sobre los precios, excluyendo energéticos y alimentos frescos. Ese componente se ha mantenido por encima de 4.3% durante los últimos cuatro meses: 4.34% en la primera quincena de diciembre de 2025, 4.56% en la segunda quincena de enero de 2026 —su punto más alto reciente— y 4.46% en la primera quincena de marzo. La inflación subyacente no baja. Se consolida en un piso elevado que refleja algo que los modelos oficiales subestiman sistemáticamente: el efecto acumulado del aumento del diésel, las gasolinas y el gas LP sobre los costos de producción, transporte y distribución de toda la cadena productiva.
El mecanismo es directo. Cuando sube el precio del diésel, sube el costo del transporte de mercancías. Cuando sube el gas LP, sube el costo de producción de alimentos procesados, de tortillerías, de panaderías, de pequeños talleres. Ese incremento no aparece de inmediato en el índice general, pero se filtra gradualmente hacia los precios de servicios y mercancías que componen la inflación subyacente. Es la inflación que sí sienten las familias en el mercado, en la tienda de la esquina, en el recibo del gas. Y es exactamente la que el documento de Hacienda minimiza al proyectar un descenso que requeriría que esos costos de energía revirtiesen su tendencia. No hay señal de que eso vaya a ocurrir.
La trampa del salario mínimo
El Pre-Criterios presume que el ingreso mediano real creció 6.7% en 2025 y que los salarios reales continúan creciendo. El dato es correcto en términos nominales y con el deflactor oficial. Pero si la inflación real que enfrentan los hogares de menores ingresos —cuya canasta tiene mayor peso en energéticos y alimentos básicos— está más cerca del 4.6% que del 3.7% que proyecta el gobierno, la ganancia salarial real se reduce sustancialmente. El poder adquisitivo no avanza a la velocidad que los boletines oficiales anuncian. Y cuando la inflación subyacente se afinca por encima del 4.4%, Banxico enfrenta un dilema sin salida elegante: bajar tasas para acompañar el crecimiento o mantenerlas para no alimentar una espiral inflacionaria que los Pre-Criterios todavía no reconocen en sus proyecciones.

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