Imagine que cada mes su sueldo sube 60 pesos pero su deuda en tarjeta de crédito genera 860 pesos de intereses. Trabaja más, gana algo más, pero la deuda crece sola, automáticamente, sin que usted decida nada. Cada quincena el hoyo es un poco más profundo aunque usted no haya comprado nada nuevo.
Mexconomy — Eso es exactamente lo que le está ocurriendo a las finanzas públicas de México. En 2025, la economía mexicana creció 0.6% en términos reales. La tasa de interés promedio que pagó el gobierno por su deuda fue de 9.2%. La diferencia entre ambos números —8.6 puntos porcentuales— es lo que los economistas llaman el spread de Domar, en honor al economista Evsey Domar que en 1944 demostró que cuando la tasa de interés supera la tasa de crecimiento, la deuda pública crece como proporción del PIB de manera automática e inexorable, independientemente de cuánto se ajuste el gasto. México lleva varios años en ese territorio. Y el Modelo Humanista Mexicano que hemos calibrado en este laboratorio establece que ese spread es el peor registrado en décadas: más del doble del observado durante el período neoliberal que la Cuarta Transformación llegó a sustituir.
El Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público —el indicador oficial de deuda que usa la Secretaría de Hacienda y Crédito Público— pasó de 44.9% del PIB en 2018 a 53.2% en 2025. Un aumento de 8.3 puntos porcentuales en siete años, el incremento más acelerado en la historia reciente del indicador. Pero ese número, el que aparece en los documentos oficiales, es la versión conservadora de la deuda: mide los pasivos netos del sector público, descontando activos financieros que no siempre están disponibles para cubrir vencimientos en condiciones de estrés. La deuda bruta —la que miden las agencias calificadoras Moody's, Fitch y S&P cuando evalúan el riesgo soberano de un país— ya rondaba el 56% del PIB en el primer bimestre de 2026. El área de análisis económico de Banamex la proyecta en 60.5% del PIB para 2027. La diferencia entre el número que publica Hacienda y el número que usan los mercados para calcular el riesgo de prestarle dinero a México no es semántica: es la diferencia entre el México que aparece en los boletines de prensa y el México que aparece en los modelos de riesgo de los fondos internacionales.
El número que el modelo produce para este hallazgo es la ecuación de movimiento de la deuda, derivada de la condición de Domar:
\[ D(t+1) = D(t) \cdot (1 + r(t)) + G(t) - T(t) \]
Traducida al lenguaje cotidiano: la deuda del año que viene es igual a la deuda de este año multiplicada por el costo de los intereses, más lo que el gobierno gaste por encima de lo que recaude. Con r = 9.2% y g = 0.6%, el gobierno necesitaría un superávit primario —es decir, gastar menos de lo que recauda antes de pagar intereses— de al menos 4.7 puntos del PIB solo para estabilizar la deuda como proporción de la economía. El superávit primario proyectado para 2026 es de 0.5% del PIB. La brecha entre lo que se necesita y lo que se tiene es de 4.2 puntos del PIB. Eso equivale a más de 1.5 billones de pesos de ajuste fiscal pendiente. Sin ese ajuste, la deuda sigue creciendo sola, como la tarjeta de crédito que genera más intereses de lo que el sueldo sube.
Lo que la deuda desplaza sin que nadie lo decida
El costo financiero de la deuda pública mexicana en 2025 fue de 1 billón 524 mil millones de pesos, equivalente al 4.1% del PIB. Para ponerlo en perspectiva: ese monto es mayor que todo el presupuesto federal destinado a educación básica y media superior. Es casi el doble del presupuesto del IMSS. Es más de cuatro veces el presupuesto de inversión en infraestructura de comunicaciones y transportes. Ese dinero —más de un billón y medio de pesos— no construye carreteras, no equipa hospitales, no capacita maestros y no financia los Polos de Desarrollo que la presidenta Sheinbaum inauguró en Huamantla. Se va directamente a pagar los intereses de la deuda acumulada. Y cada año que el spread de Domar permanezca en 8.6 puntos porcentuales, ese monto crece automáticamente, desplazando gasto productivo sin que ningún legislador lo vote ni ningún secretario lo autorice. En teoría económica ese fenómeno se llama crowding out fiscal: la deuda desplaza la inversión pública igual que la deuda privada desplaza la inversión productiva de las empresas. En la vida real se llama menos clínicas, menos caminos, menos escuelas.
Petróleos Mexicanos es el capítulo más costoso de esta historia. La empresa recibió apoyos extraordinarios del gobierno federal por 253.8 mil millones de pesos solo en 2025 para pagar deuda y proveedores, encima de su presupuesto ordinario. A pesar de eso —o quizás por eso, porque el dinero fue a pasivos y no a producción— la plataforma petrolera cayó de 1,875 miles de barriles diarios en 2023 a 1,635 mbd en 2025 y a 1,646 mbd en febrero de 2026. Las exportaciones de crudo, que generan las divisas con las que el gobierno paga parte de su deuda externa, cayeron de 1,033 mbd en 2023 a apenas 400 mbd en el promedio de enero-febrero de 2026. Una caída del 61% en tres años. Pemex no es solo una empresa con problemas financieros: es un agujero en el balance fiscal que la condición de Domar convierte en permanente mientras la tasa de interés supere la tasa de crecimiento.
Los tres escenarios que el modelo proyecta
La calibración econométrica del modelo permite proyectar tres escenarios para la deuda bruta entre 2026 y 2030. En el escenario pesimista —con crecimiento anual de entre 0.8 y 1.2% y tasas de interés que no bajan significativamente— la deuda bruta cruza el umbral del 60% del PIB en 2028 y llega a 64.5% en 2030. Ese nivel dispararía casi con certeza una revisión de perspectiva negativa por parte de las agencias calificadoras, encarecería el costo de financiamiento del gobierno y reduciría aún más el espacio disponible para gasto social y productivo. En el escenario base de Hacienda —con los supuestos macroeconómicos oficiales del Pre-Criterios 2027— la deuda se estabiliza cerca del 55% del PIB pero el spread de Domar no cae por debajo de 2 puntos porcentuales sino hasta 2030, lo que significa que el sistema permanece en zona de riesgo durante todo el sexenio de Sheinbaum. Solo en el escenario optimista —que requiere reforma fiscal implícita, mejora sostenida de la productividad y certeza del T-MEC— la condición de Domar se satisface antes del fin del sexenio y la deuda inicia una trayectoria descendente. Es el único escenario en que el bienestar futuro \( M(t+n) \) supera al bienestar presente \( M(t) \).
El economista Domar no era un pesimista ni un apologista del ajuste fiscal por el ajuste mismo. Su condición es una descripción matemática de la realidad: cuando el dinero prestado cuesta más de lo que la economía crece, el tiempo trabaja en contra. México puede elegir el ritmo y la forma del ajuste. No puede elegir si ajustarse o no. La pregunta que el modelo no puede responder —porque es una decisión política— es quién pagará ese ajuste: si los que más tienen, a través de una reforma fiscal que amplíe la base tributaria sin tocar el consumo de los hogares vulnerables, o los programas sociales que sostienen el ingreso de quienes menos tienen, que son siempre el gasto más fácil de recortar cuando llegan las presiones del mercado. La historia fiscal de México desde 1982 sugiere que la segunda opción ha sido la más frecuente. El coeficiente β₃ = +0.000427 del modelo —que establece que la deuda creciente eleva la desigualdad en el largo plazo— es la huella estadística de ese patrón repetido.

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