Al final de un partido de futbol, el marcador no miente. No importa cuántos tiros al arco se intentaron, cuántos kilómetros recorrió cada jugador ni cuántas veces el árbitro equivocó una decisión. Lo que queda es el número.
Mexconomy — En el análisis económico ocurre algo similar: al final del período de gobierno se puede construir un marcador. No con la subjetividad del aficionado ni con la parcialidad del comentarista oficial, sino con un modelo calibrado con datos primarios que produce un resultado verificable. Ese es el ejercicio que Mexconomy completó en los cinco movimientos de esta serie: construir el Modelo Humanista Mexicano, corregirlo con teoría económica rigurosa, calibrarlo con series históricas de 1982 a 2025 y evaluarlo con sus propios parámetros. El marcador al cierre de 2025 es:
M(2019) = 0.419 → M(2025) = 0.329
El índice de bienestar social total —que el modelo denomina \( M(t) \) y que agrega crecimiento económico, desigualdad, deuda pública y confianza institucional con los pesos que la regresión econométrica asigna a cada componente— es 21.5% menor al cierre de 2025 que al inicio del período en 2019. No es una opinión. Es el resultado de aplicar a los datos reales la función que el propio discurso humanista sugiere como medida de su éxito: bienestar para todos, primero los pobres, con responsabilidad fiscal y confianza institucional. Cuando esas cuatro dimensiones se miden simultáneamente y se ponderan según su peso histórico en la economía mexicana, el período resulta con saldo negativo. Y la razón no es la que el gobierno señalaría —los aranceles de Estados Unidos, la pandemia, la herencia neoliberal— sino la que el modelo cuantifica con el coeficiente más alto del sistema: la caída de la Productividad Total de los Factores, que con un multiplicador de 1.545 convierte cada punto de deterioro tecnológico en 1.55 puntos de pérdida de bienestar futuro.
El veredicto no es simple ni unidimensional. El modelo registra con igual rigor lo que funcionó y lo que no funcionó. Lo que funcionó: el coeficiente de Gini bajó de 0.426 a 0.394, la reducción más rápida en un sexenio desde que existe medición. El salario mínimo real creció de manera sostenida durante siete años consecutivos. La tasa de desempleo llegó a su mínimo histórico de 2.6%. La Inversión Extranjera Directa alcanzó un máximo histórico de 40,871 millones de dólares en 2025. El riesgo soberano medido por el EMBI+ cerró en 167 puntos base, el nivel más bajo del período. Cada uno de esos números es real y el modelo los registra en el término \( S(t) \), la única función que aporta positivamente al bienestar total entre 2019 y 2025: +0.014 puntos. Lo que no funcionó es cuatro veces más grande que ese logro.
La suma que nadie quiere hacer
La descomposición final de \( M(t) \) entre 2019 y 2025 es la suma más incómoda de esta serie. La función de crecimiento \( E(t) \), dominada por la caída de la PTF, aporta −0.076 puntos: el 84% del deterioro total del sistema. La deuda pública creciente aporta −0.025 puntos adicionales a través del efecto de largo plazo que el parámetro \( \beta_3 \) captura: la deuda que financia redistribución hoy genera desigualdad mañana cuando su servicio desplaza el gasto en educación, salud e infraestructura. La confianza institucional aporta −0.003 puntos: el EMBI mejoró pero la incertidumbre regulatoria —medida por el índice Baker-Bloom-Davis— empeoró al nivel más alto de los cuatro gobiernos comparados, y el efecto neto fue prácticamente nulo sobre la inversión privada. Y la desigualdad aporta +0.014 puntos: el único número positivo de los cuatro, genuino y verificable, pero insuficiente para compensar los tres negativos.
La suma es −0.090. El modelo que la presidenta Claudia Sheinbaum define como humanista —y que su antecesor Andrés Manuel López Obrador construyó sobre los principios de regar desde abajo, primero los pobres, no puede haber gobierno rico con pueblo pobre— optimizó correctamente la dimensión redistributiva y descuidó las tres restricciones dinámicas que determinan si esa redistribución es sostenible: la productividad, la deuda y la certeza institucional para la inversión. En la teoría económica ese resultado tiene un nombre preciso: solución miope de horizonte finito. Se maximiza el bienestar del período presente sin satisfacer las condiciones que garantizan que el bienestar futuro no sea menor. En el lenguaje cotidiano tiene otro nombre, más antiguo y más honesto: gastar lo que no se tiene y pedirle prestado al futuro.
Lo que el modelo no puede decir
Aquí termina lo que la matemática puede responder y comienza lo que solo la política puede decidir. El modelo cuantifica el deterioro. No puede prescribir el remedio porque el remedio no es técnico: es una elección sobre quién paga el ajuste, a qué velocidad y con qué instrumentos. Hay al menos tres rutas posibles para que \( M(t+n) > M(t) \) en el horizonte 2026–2030, y las tres requieren decisiones que ningún modelo puede tomar por los ciudadanos.
La primera ruta es la reforma fiscal estructural: ampliar la base tributaria sin tocar el consumo de los hogares vulnerables, reducir la evasión —que el SAT estima en más de 500 mil millones de pesos anuales— y crear nuevos mecanismos de recaudación sobre la riqueza acumulada, no sobre el ingreso corriente. Esa ruta reduce el spread de Domar por el lado del ingreso y libera espacio fiscal para invertir en la PTF sin sacrificar gasto social. Es la más eficiente y la más difícil políticamente: implica tocar intereses que han sobrevivido a todos los gobiernos desde 1982.
La segunda ruta es la política industrial con escala: convertir los Polos de Desarrollo Económico de experimento regional en programa nacional con presupuesto suficiente para mover la PTF. El modelo establece que con α₂ = 1.545, cada punto de mejora en la productividad produce 1.55 puntos adicionales de crecimiento. Si los Polos generan encadenamientos productivos reales —no solo empleo, sino transferencia tecnológica, proveeduría local y capital humano calificado— el multiplicador trabaja a favor del bienestar. El problema es el presupuesto: con una deuda bruta acercándose al 60% del PIB y un costo financiero de 4.1% del PIB, el margen para financiar esa inversión sin agravar la condición de Domar es estrecho.
La tercera ruta es la formalización laboral acelerada: el parámetro γ₂ = 0.431 establece que el modelo humanista añadió informalidad en el margen. Revertir ese efecto requiere reducir el costo de la formalidad —la cuota patronal del IMSS, la carga administrativa del SAT, los trámites de constitución de empresas— hasta que la decisión racional del trabajador en el umbral sea la formalidad y no la informalidad. Cada trabajador que se formaliza es un contribuyente que amplía la base fiscal, un cotizante que fortalece el sistema de pensiones y un consumidor que accede al crédito formal. La formalización no es un programa social: es la palanca fiscal más potente que México tiene disponible sin necesidad de crear nuevos impuestos.
Las tres rutas tienen algo en común: requieren que el gobierno admita que el modelo de los primeros siete años —transferencias sin formalización, gasto social sin reforma fiscal, redistribución sin política de productividad— produjo logros reales pero insostenibles. Esa admisión tiene un costo político que ningún modelo puede calcular. Lo que sí puede calcular —y lo hace con el rigor de cinco movimientos de calibración econométrica— es el costo de no hacerla. M(2025) = 0.329. Si las tres restricciones dinámicas del sistema —productividad, deuda, confianza— siguen deteriorándose al ritmo actual, el modelo proyecta que M(2030) será menor que M(2025) . El bienestar que el humanismo mexicano prometió no desaparece del horizonte. Pero sí se aleja.

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